Desde que donó involuntariamente su costilla, el hombre ha aprendido que no es bueno estar solo. Desde ese momento ha sentido “un magnetismo, o más bien una electricidad del amor, que se comunica por el contacto de las yemas de los dedos”, como supo decir el Abate Galiano. Es el lenguaje puro de los enamorados, donde el romanticismo está más próximo al fermento revolucionario que a la cursilería de lugares comunes y frases hechas.



Bruno conoció el mar y el piano al mismo tiempo. Tenía un año y sus padres, músicos, trabajaban en cada temporada de verano en Mar del Plata. A los tres años y medio se acercó a las teclas del piano. A su mamá no le agradó esa atracción, pero tampoco la impidió. Ana quería que su hijo estudiara una carrera más convencional, que no sufra los avatares de ser músico. Pero también sabía que no se podía interponer si el amor por la música era profundo. Y lo fue. Bruno tiene oído absoluto. Lo demuestra cuando baja el nivel del aire con el control remoto y responde casi sin pensar una pregunta que lo sorprende.


 

Ya sea por la Cuesta del Obispo o por la R68, desde Salta todos los caminos conducen a Cafayate, capital de los vinos de altura y punto de partida de una ruta plena de bodegas y viñedos que tapizan los Valles Calchaquíes, el más tradicional de los circuitos salteños.



 

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