En el año 1953, un decreto del entonces presidente Juan Domingo Perón elevó el pato a la categoría de deporte nacional. El argumento en que se basó para estampar su firma fue la tradición del juego, que se disputa en estas pampas desde hace cuatro siglos.
Sin embargo, son pocos los argentinos que lo han jugado alguna vez. O que, al menos, hayan visto un partido de pato. El peso de lo residual, como elemento del pasado que tiene una vigencia menor y folclórica en el presente, primó sobre el fanatismo y la práctica cotidiana. Ya que, a juzgar por estos últimos parámetros, no cabe duda de que el verdadero deporte nacional es el fútbol. Al menos para los hombres.


 

Según cuenta la leyenda, fueron los soldados del rey Enrique II -quienes invadieron Irlanda en el siglo XII- los encargados de denominar a la bebida “uisce beatha” (agua de vida). Con el paso de los siglos la palabra mutó en “whishkeyba”. Y el amo de los destilados terminó siendo conocido como “whisky”. Pero ya sea como whisky para los escoceses, whiskey para los irlandeses, bourbon (hecho de maíz) para los norteamericanos o güisqui para la Real Academia Española, lo cierto es que este trago viene cautivando paladares desde que los monjes popularizaron la destilación de la malta. Esta bebida de fuerte carácter, de entre 40% y 60% de graduación alcohólica, requiere de paladares educados para identificar sus notas.



 

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