13 de octubre 2015 - 00:25

El kirchnerismo y sus medidas económicas: cómo surgieron

• ANTICIPO DEL LIBRO QUE DETALLA CÓMO SE GESTARON LAS DECISIONES CLAVE EN LA GESTIÓN DE NÉSTOR Y CRISTINA KIRCHNER
La herencia económica que el kirchnerismo dejará al próximo Gobierno ya está en discusión. El periodista de Ámbito Financiero Carlos Burgueño analiza, en “Las Batallas Económicas del Kirchnerismo”, los momentos más importantes en los que Néstor y Cristina Kirchner tomaron las decisiones más trascendentes. Se reproducen a continuación dos extractos de los capítulos donde se analizarn algunos de esos momentos. El primero muestra un Néstor Kirchner, alentado por George W. Bush, anunciando que el país hará una fuerte quita de la deuda en default. El segundo versa sobre cómo se gestó la nacionalización de YPF. El libro repasa además la pelea con los fondos buitre, las bizarras intervenciones de Guillermo Moreno, la decisión de imponer “el cepo”, la intervención del INDEC, la pelea contra el campo, la devaluación de enero de 2014 y la batalla final por “el legado”.

Néstor Kirchner, George W. Bush y Antonio Brufau
Néstor Kirchner, George W. Bush y Antonio Brufau
 Ya había anticipado Kirchner que hablaría por primera vez, ante el mundo, de la deuda externa argentina, y que daría señales sobre cómo se encararía aquel tremendo default. El presidente había llegado dos días antes a Nueva York, el 23 de septiembre de 2003, y se había recluido en su habitación con su esposa y un puñado pequeñísimo de colaboradores, para terminar de armar su discurso. Había preparado un largo mensaje de casi media hora de duración, pero le explicaron que sería imposible utilizar tanta cantidad de tiempo. Como todos los jefes de Estado que deben hablar ante la Asamblea, sólo se podían utilizar doce minutos.

Le aconsejaron, además, que prepare un mensaje de no más de nueve minutos, porque no era lo mismo hablar solo en una habitación que en público. "Piense que siempre se tarda más en hablar en público que sólo frente a un espejo", le explicaban sus asesores de la embajada argentina en Washington, a cargo de José Octavio Bordón.

Ahí Kirchner terminó de ponerse de mal humor. "Lo que tengo que decir sobre la deuda me demandará mucho más tiempo. Tenemos que explicar bien nuestra situación y que nos entiendan", protestaba el santacruceño. "No se puede, Néstor", intentaba consolarlo el embajador. Bielsa lo palmeaba y le aseguraba que dando algunas puntadas finales podía darse un mensaje claro y directo sobre lo que el país tenía en mente para solucionar seria y adultamente el problema del default.

El presidente les dejó al canciller y a su esposa la redacción final, y se fue a mantener sus primeras dos reuniones bilaterales. Eran con sus colegas latinoamericanos Vicente Fox, de México, y Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil. En esos momentos, Kirchner les tenía bastante desconfianza a ambos, situación que se mantendría, y profundizaría, con el primero; y se transformaría en amistad con el segundo, hasta convertir al brasileño en su gran aliado internacional, cabeza a cabeza del venezolano Hugo Chávez.

Las reuniones con Fox y Lula no eran las primeras bilaterales con jefes de Estado que había mantenido Kirchner. Antes, el lunes 22 de septiembre, se había encontrado en la misma ciudad con George W. Bush, que lo recibió con los brazos abiertos, una sonrisa amplia, piropos para Cristina de Kirchner y una frase que lo había agrandado: "Recibimos al conquistador del FMI", en referencia al acuerdo que había firmado con el organismo internacional que en esos días dirigía el alemán Horst Köhler, quien en realidad dejaba el manejo diario del organismo, incluyendo los problemas crónicos con la Argentina, a la norteamericana Anne Osborn Krueger. Kirchner había logrado que el FMI no embistiera más con pedidos de ajustes bajo la promesa de presentar en el corto plazo un plan de reestructuración para la deuda en default. Lo hizo recurriendo telefónicamente al propio Bush para que intercediera ante la irreductible Krueger, que aún consideraba al país sudamericano como el peor alumno posible y lo veía como el ejemplo que debían evitar el resto de las naciones si éstas querían seguir bajo la tutela financiera e ideológica del FMI.

El presidente de los Estados Unidos le dio la derecha a Kirchner, y presionó sobre Köhler para que la Argentina tuviera su oportunidad de hacer una propuesta de arreglo de su deuda, sin las presiones por los ajustes interminables desde el FMI.

El presidente republicano tenía tanta desconfianza sobre el mundo bancario mundial como Kirchner, ya que se consideraba a sí mismo como un hombre de la industria y el trabajo y no de la especulación financiera.

Sus asesores en política latinoamericana veían además a la región como un peligro ideológico a partir del avance de la influencia de Chávez. De hecho, circulaban las fotos del 25 de Mayo de 2003, donde en la asunción de Kirchner festejaban brindando sonrientes en la Casa de Gobierno argentina Chávez y Fidel Castro. Por todo esto, Bush apoyó personalmente a Kirchner. Kirchner tendría días después el respaldo inédito de George W. Bush, que lo recibiría en el salón Tiranosaurius Rex del Museo de Ciencias Naturales de Nueva York con una frase que agrandaría al argentino por partida doble: "Ahí viene el conquistador del Fondo Monetario y la senadora más linda del mundo". Luego, recomendaría el estadounidense: "Negocie con firmeza, que muchos de ellos son fondos buitre".


El 6 de febrero de 2012, Antonio Brufau llegaba a Buenos Aires. Era lunes, se vivía una insoportable ola de calor y hasta el domingo se había sufrido una huelga de operadores de Ezeiza que hacía peligrar el servicio del aeropuerto, en plenas vacaciones de verano. El CEO de Repsol nunca entendió, con sus ojos europeos, cómo los gobiernos argentinos soportaban este tipo de protestas y no ponían mano dura para terminar con los piquetes y los cortes. "¿Para esto reestatizaron Aerolíneas?", se preguntaba para sus adentros.

Llegó en un vuelo regular de Iberia y al desembarcar, de muy mal humor, le aclaró a un periodista que lo chicaneaba sobre por qué no tomaba vuelos de Aerolíneas Argentinas luego de la reestatización, que las compras de boletos de viaje se hacían "de manera corporativa y con la línea de bandera española por un acuerdo de costos".

Brufau tenía como hábito visitar la Argentina en períodos de no más de cuatro meses de distancia entre sí, y permanecía en Buenos Aires lo menos posible. En el peor de los casos, cuarenta y ocho horas. Lo óptimo para sus intereses era llegar a la mañana y hacia la tarde estar volviendo a Madrid, concentrando en una sola jornada todas sus reuniones en el país.

En ese tiempo se encontraba habitualmente con funcionarios argentinos, comenzando por el ministro de Planificación, Julio De Vido, su interlocutor habitual en el país. Prácticamente no conocía la Argentina, más allá de Puerto Madero, barrio donde YPF tiene su sede en un impactante edificio diseñado por el arquitecto tucumano César Pelli y donde Repsol alquila varias viviendas de alto nivel para sus ejecutivos.

Brufau conocía también la Plaza de Mayo, donde atendían sus interlocutores locales (en la Casa de Gobierno y el Ministerio de Economía) y algún que otro restorán donde era llevado para ser agasajado por los hombres de Repsol en Buenos Aires, en almuerzos y cenas que siempre debían terminar abruptamente por la apretadísima agenda argentina del visitante.

Brufau y De Vido mantenían conversaciones siempre amistosas, a veces hasta el punto de intercambiar chistes sobre comparaciones de las nacionalidades (un clásico del ministro) y las diferencias de pronunciación de las palabras, y anécdotas sobre lo bien que le iba en el Barcelona a Lionel Messi y a Sergio Agüero en el Atlético de Madrid. Los colaboradores del español habitualmente le ponderaban al poderoso ministro kirchnerista su poder para hacerle sacar una sonrisa al español, famoso en Madrid por su tremendo malhumor.

Durante años de convivencia entre el Gobierno argentino y la cúpula de la petrolera española, la cordialidad era la norma, y la cercanía y sintonía económica y política, la regla. Hacia febrero de 2012 todo había cambiado.

Sin tenerlo en su cargadísima agenda de CEO poderoso, Brufau tuvo que tomar un avión y volar inmediatamente hacia Buenos Aires a confirmar o descartar las versiones sobre la peor de las noticias posibles: que el kirchnerismo quería nacionalizar el 58% de las acciones que la petrolera española tenía en YPF.

El español había pedido una reunión con Cristina Fernández de Kirchner de manera "urgente" para ese mismo 7 de febrero. No tuvo suerte. Probó con su interlocutor habitual, Julio De Vido, y con él le fue mejor.

El CEO sería recibido al mediodía en el Palacio de Hacienda, pero no en el despacho del ministro de Planificación, sino en el quinto piso, en las oficinas del ministro de Economía, Hernán Lorenzino, con quien prácticamente nunca había tenido trato, y al que internamente, desconsideraba como interlocutor válido.

Brufau, habituado a los chistes y al buen trato de sus interlocutores, se sorprendió cuando ambos funcionarios llegaron con cara de malos amigos, se sentaron frente a él y sólo le ofrecieron un lastimoso saludo con las manos levantadas. No hubo café y sólo, ya iniciado el encuentro, se le acercó al visitante un vaso de agua.

"¿Qué pasó, Julio?", comenzó el español, "solíamos ser amigos y colaborar juntos para que nos vaya bien a ambos", siguió el visitante, más visitante que nunca. "Ya no", contestó seco el ministro, que hasta días atrás trataba con cordialidad al visitante. "Y además, no me tutee por favor; y empecemos a hablar del desastre que hicieron ustedes en el país". De Vido inmediatamente abrió una carpeta donde los gráficos preparados por Axel Kicillof desde su oficina de viceministro de Economía hablaban de la falta de inversión de Repsol, del desabastecimiento de combustible y de los eventuales desastres naturales que se avecinaban en la Argentina si Repsol continuaba operando YPF como lo venía haciendo.

El encuentro terminó a la una del mediodía, y el CEO ordenó a su chofer conducir inmediatamente hacia Ezeiza. Abrió su celular y marcó automáticamente uno de sus números favoritos en el más importante de sus tres celulares; el que utilizaba para las llamadas secretas y claves. Del otro lado atendió una secretaria, a la que le dijo: "Soy Antonio Brufau, quisiera hablar de manera urgente con Mariano Rajoy, por favor".

La operación por la reestatización de YPF, la máxima embestida kirchnerista contra el mundo privado, estaba en marcha. También la estrategia de la defensa española.

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