La historia de Francia estuvo marcada durante mucho tiempo por las convulsiones y las revueltas. La república establecida por Charles de Gaulle en 1958 estalló una década después con las protestas estudiantiles de Mayo del 68; al año siguiente, el general renunció. Emmanuel Macron enfrentó meses de manifestaciones masivas y violentas de los chalecos amarillos en 2018-2019; el presidente envió vehículos blindados a recorrer los adoquines de la capital para restablecer el orden. Sin embargo, las escenas apocalípticas de edificios públicos incendiados y saqueos en ciudades de toda Francia el 17 de octubre fueron, en algunos aspectos, aún peores: podrían conducir al país a una división todavía mayor y ofrecerles a los votantes de las elecciones presidenciales de la próxima primavera una opción entre dos extremos.
Los disturbios profundizan la polarización política en Francia rumbo a las elecciones de 2027
Los disturbios, los saqueos y los enfrentamientos con la policía reavivaron el temor a una nueva ola de violencia en Francia. La polarización política de cara a las elecciones presidenciales de 2027, las dificultades del gobierno de Emmanuel Macron y el deterioro de las cuentas públicas profundizan la incertidumbre.
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Los disturbios en distintas ciudades francesas dejaron edificios públicos incendiados, comercios saqueados y miles de detenidos.
Incluso para un país acostumbrado a las insurrecciones callejeras, los acontecimientos del fin de semana resultaron impactantes. La torre del reloj y el techo del ayuntamiento del siglo XIX de Limoges se derrumbaron después de que el edificio fuera incendiado. Los casseurs, o vándalos encapuchados, irrumpieron en el ayuntamiento de Marsella y derribaron un busto de mármol de Marianne, el símbolo oficial del país. En Burdeos, adolescentes encapuchados rompieron los vidrios de Louis Vuitton y de otras tiendas y se llevaron carteras, zapatillas deportivas y otros artículos. Uno de los jóvenes balanceaba su botín dentro de una canasta de plástico como si regresara del supermercado; otros sacaban zapatillas Nike de sus cajas y huían. Columnas de humo negro se elevaban en el aire. La policía antidisturbios cargó contra los manifestantes. En todo el país, solo el sábado fueron detenidas más de 2.000 personas. "Esta noche todos sentimos rabia y vergüenza", declaró Macron en un discurso televisado.
Para algunos de los 500.000 participantes en las protestas de una jornada, el descenso al caos resultó tan desalentador como para quienes lo observaban a través de las pantallas. "Los casseurs están desacreditando nuestro movimiento", se quejó Pauline, una estudiante de 20 años de la Universidad de Burdeos, que dijo haber salido a la calle para protestar contra "todo" y enumeró reclamos que iban desde las aulas superpobladas y los altos precios de la nafta hasta la represión policial. El presidente también figuraba en su lista. "Macron, t’es mort" ("Macron, estás muerto"), decía una pintada cerca de una parada de colectivos destrozada, junto a "ACAB", sigla de "todos los policías son bastardos", y "1789", el año de la Revolución Francesa. Los estudiantes secundarios que protestan y se enfrentan con la policía desde mediados de septiembre concentraron su enojo y sus actos de destrucción en sus propias escuelas. Esta vez, los manifestantes violentos arremetieron contra los símbolos del Estado que les proporciona un generoso sistema de bienestar social, un transporte público de primer nivel y una de las calidades de vida más altas del mundo.
Parte de los saqueos y los actos de vandalismo pudo haber sido oportunista. Sin embargo, muchos de los que llegaron completamente encapuchados, con antiparras de esquí y máscaras, claramente buscaban pelea y parecían organizados para hacerlo, con el objetivo de socavar la confianza en el Gobierno y la policía. Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa (LFI), de izquierda populista, niega tener responsabilidad por estos hechos y culpa a la policía por los disturbios. El Gobierno, sin embargo, no tiene dudas sobre quién alienta a los alborotadores: LFI, a la que acusa de "explotar" las protestas con fines políticos y de intentar volver ingobernable a Francia. Sébastien Lecornu, el primer ministro centrista, advirtió que la extrema izquierda está utilizando la violencia como una "ronda de calentamiento" para las elecciones presidenciales.
El contexto de los disturbios es la tensión subyacente vinculada con las elecciones del próximo año. Después de casi una década en el poder, Macron, de centro, tiene prohibido por la Constitución volver a presentarse. Muchos de los estudiantes que protestan no recuerdan cómo era la vida bajo otro dirigente político. El país quiere un cambio, pero está profundamente dividido respecto de lo que debería venir después.
Por un lado, los partidarios de Mélenchon, que participaron en la manifestación de París, observan las protestas más pacíficas y ven en ellas una demostración contundente de fuerza para su referente, que se presenta a las elecciones presidenciales por la izquierda populista. Los seguidores de Marine Le Pen, que compite desde la derecha populista, en cambio, consideran que las protestas demuestran que Mélenchon no está capacitado para gobernar y que Macron no puede controlar el país. Mientras el centro tiene dificultades para encontrar un candidato convincente que suceda al presidente, las encuestas sugieren que los finalistas de las elecciones de dos vueltas de abril y mayo próximos podrían ser Mélenchon y Le Pen. De ser así, ella tendría prácticamente asegurada la victoria.
Parece probable que la polarización del debate público y la politización de las calles se intensifiquen durante los próximos seis meses y, probablemente, más allá. Si en 2027 los votantes le entregaran las llaves del Palacio del Elíseo a Le Pen, favorita en las encuestas desde hace más de un año, podría desencadenarse una nueva ola de protestas de la izquierda. Después de las elecciones presidenciales habrá comicios legislativos divisivos. Además, a diferencia de lo que ocurrió durante las protestas de los chalecos amarillos, cuando Macron tenía margen fiscal para desembolsar fondos con el fin de calmar los ánimos, las finanzas públicas de Francia se encuentran en un estado crítico y los mercados de bonos están nerviosos. Se espera que el déficit presupuestario del Gobierno alcance el 5,4% del PBI este año, uno de los más altos de la eurozona. Francia ahora paga más por endeudarse que Italia o Grecia y este año destinará más dinero al servicio de su deuda que a educación o defensa.
La inquietud de los mercados y la ira en las calles conforman una combinación tóxica. Peor aún, a medida que la atención se concentra en el orden público, es todavía menos probable que Francia tenga el debate político que necesita con urgencia: sobre qué tipo de sistema de bienestar social puede financiar y cómo generar la riqueza necesaria para sostenerlo. En cambio, los principales candidatos prometen bajar la edad jubilatoria, privándose así de futuros ahorros en la mayor partida del gasto público. El principal candidato que reconoce que la edad jubilatoria debe aumentar —el centrista Edouard Philippe— se estancó en las encuestas. Él y Mélenchon están cabeza a cabeza en la primera vuelta, con alrededor del 15-16% de los votos, muy por detrás de Le Pen, que alcanza el 32%, según una nueva encuesta.
Hay una Francia que no salió a las calles el sábado y que sabe qué debe hacerse. Ese sector silencioso volvió a ocupar las mesas de los cafés con terrazas al día siguiente de los disturbios, bajo el sol de fines de otoño; un mozo de Burdeos describió la violencia como "escandalosa". Pero los extremos son expertos en ahogar esa voz. A menos que el centro encuentre una manera convincente de transmitir un mensaje más responsable sobre la necesidad de mantener el orden en las finanzas públicas y en las calles, los votantes terminarán sin tener ninguna opción real.
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