La historia económica argentina es un ciclo de promesas rotas, espejismos de estabilidad y colapsos inevitables. Como un péndulo que oscila entre la euforia y la desesperación, el país ha transitado nuevamente el camino de la sobreexposición financiera, la dependencia del capital especulativo y la negación sistemática de sus propios límites. Los mismos errores, con los mimos nombres propios y justificaciones, han vuelto a desplegarse con precisión quirúrgica: una economía entregada a la lógica del endeudamiento sin respaldo productivo, tasas de interés en dólares destructivas y una moneda nacional sometida a contradicciones: “ora babor ora estribor”, ora “dolarización” ora “competencia de monedas”, ora “no vale ni excremento”, ora “la moneda más fuerte del mundo” (Javier Milei).
Cuando el dólar dicta las reglas (tercera y última parte)
La falta de certeza, es la fase de conocimiento donde es imposible describir la situación, o predecir un resultado futuro posible.
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El gobierno de Javier Milei insiste en no devaluar.
Lo que comenzó como un proyecto de estabilización en 2016 y 2024 terminó convirtiéndose en una trampa: una deuda que creció más rápido que la capacidad de pago, una industria asfixiada y un sistema financiero diseñado para favorecer la especulación antes que la inversión real. Pero si algo nos ha enseñado la historia argentina es que cada crisis tiene su epílogo, y esta no será la excepción.
La falta de certeza, es la fase de conocimiento donde es imposible describir la situación, o predecir un resultado futuro posible. En 2018 con Sturzenegger y Caputo estábamos frente al areópago de Atenas, un lugar repleto de incertidumbre y dudas. Otra vez el trilema eterno nos había envuelto: la libre movilidad de capital, el tipo de cambio fijo y la política monetaria autónoma, nos habían sepultado. Pesaba la desacertada decisión de sustituir emisión, con fuentes de financiamiento externo, apelando a un menor fondeo del BCRA-tanto en pesos como en dólares-con endeudamiento forzado. Lo cierto es que aquella situación de ingreso abundante de divisas por préstamos al gobierno nacional y provincial (2016-2017), fue acompañada por “hot money” y todo junto presionando el tipo de cambio a la baja, apreciando el peso. De cara al pequeño mercado de capitales de Argentina, también el sector privado colocó deuda en el mercado internacional. Atracción de ahorro externo motivado por las altas tasas de interés locales, y una expectativa de devaluación sensiblemente inferior a la tasa de inflación-lo que implicaba altas tasas de interés en dólares-los capitales ingresaron al país por el arbitraje de portafolios presionando también el tipo de cambio a la baja-apreciando el peso.
Durante el periodo de 2016 a 2018, Caputo y Sturzenegger desempeñaron roles clave en la política económica de Argentina, implementando medidas que, en retrospectiva, se revelaron infaustas para la estabilidad financiera del país. Alfonso Prat Gay, como Ministro de Hacienda y Finanzas, impulsó una política de liberalización cambiaria que favoreció la fuga de capitales y un endeudamiento excesivo. Caputo, quien ocupó la Secretaria de Finanzas y la Presidencia del BCRA, se vio envuelto en decisiones que llevaron a una expansión descontrolada de la deuda externa y a un aumento significativo en las tasas de interés, afectando la inversión y el consumo. Sturzenegger, al frente del BCRA, adoptó una estrategia monetaria basada en la “metodología de metas de inflación”, que resultó en una severa devaluación inicial del peso cuya ventaja competitiva se consumió en solo cinco meses por el incremento de la inflación, generando un contexto de recesión económica fenomenal.
La intermitencia de entrada y salida de estos mismos funcionarios reiteradamente a cargo de la economía y las finanzas del pais desde el 10 de diciembre de 2023 hasta el 20 de febrero de 2025 plantea serias interrogantes sobre la capacidad del gobierno para aprender de los errores del pasado, evidenciando que las decisiones tomadas no son meras casualidades, sino un patrón de gestión que pone en riesgo la estabilidad económica del país.
Prat Gay, impulsó un acuerdo de pago con los acreedores que resultó ruinoso, no solo por su costo exorbitante, sino también porque “levanto el cepo del endeudamiento creciente”, permitiendo un endeudamiento costoso, excesivo y extravagante que agravó la situación financiera.
En síntesis, el incompleto período 2016-2018 representó una de las etapas más críticas de la historia económica reciente de Argentina, caracterizado por un modelo artificial basado en el endeudamiento externo y la especulación financiera. La rápida acumulación de pasivos, sin una contrapartida en inversión productiva, llevó a un desequilibrio estructural que desembocó en una crisis cambiaria y fiscal de magnitud. La estrategia de financiar el déficit mediante emisiones de deuda a tasas elevadas, junto con la apreciación artificial del peso y el incentivo al carry trade, generó una dependencia insostenible del flujo de capitales especulativos, que, al revertirse (sudden stop, Calvo), desencadenó una corrida cambiaria de consecuencias devastadoras.
El caso argentino evidencia los peligros de una política económica basada en la valorización financiera sin respaldo en el sector real. El colapso de 2018 no fue un evento fortuito, sino el resultado predecible de decisiones erráticas y un manejo irresponsable de las cuentas públicas. La sobre expansión de las LEBAC generó un déficit cuasi fiscal alarmante, que alcanzó el 2.5% del PBI, y cuando el BCRA intentó corregir el desequilibrio, la fuga de capitales y la depreciación del peso se aceleraron, disparando la inflación al 47.6% y sumiendo al país en una recesión del (-2.5%).
Más preocupante aún es la reiteración de estas políticas en la actualidad. Desde diciembre de 2023, el gobierno ha vuelto a implementar un ajuste fiscal extremo y una liberalización financiera que repite los errores de aquel período. La combinación de una apertura irrestricta a los mercados, una brutal contracción del gasto público y una nueva ola de endeudamiento está generando similares condiciones que precipitaron aquella crisis en 2018. La historia no solo se repite, sino que lo hace de manera amplificada, con un impacto aún más severo sobre el tejido productivo y social del país.
La experiencia 2016-2018 es muy reciente, le debería haber servido a Javier Milei como una advertencia ineludible de los peligros del endeudamiento sin planificación estratégica. Sin embargo, las actuales decisiones económicas sugieren un rumbo que, lejos de corregir errores del pasado, los profundiza. La persistencia en un modelo de ajuste y desregulación sin políticas de desarrollo productivo augura un desenlace aún más catastrófico, con un colapso financiero y social que se torna cada vez más inevitable.
La historia económica argentina parece condenada a repetir sus fracasos cuando se entrega a los dictados de la valorización financiera y el endeudamiento descontrolado. La combinación de tasas de interés funcionales al carry trade sin respaldo productivo y una política monetaria errática crearon la tormenta perfecta que en 2018, inexorablemente, llevó al país a una nueva crisis. El colapso no fue accidental, sino el resultado predecible de un modelo que priorizó la especulación sobre el desarrollo y que, en su desenlace, dejó un tendal de deuda impagable y una economía al borde del abismo.
La tragedia de aquel período no es solo el daño que ocasionó, sino su brutal similitud con el camino emprendido desde diciembre de 2023. En una repetición casi cínica de la historia. Como en 2016, las promesas de estabilidad y confianza internacional han derivado en una fuga de capitales, caída del consumo y un aumento explosivo de la pobreza. El espejismo de la “modernización financiera” creada por Martínez de Hoz en 1977 (Reforma Financiera: RF/77, Ley 21526) ha vuelto a revelar su verdadera naturaleza: una maquinaria de extracción de riqueza y transferencia de ingresos hacia sectores especulativos.
La rutina de fracasos debería haber servido como advertencia ineludible de los peligros de abandonar la soberanía económica en favor de recetas dogmáticas que favorecen a unos pocos a costa de la mayoría. Sin embargo, el actual gobierno parece decidido a llevar ese mismo esquema a su máxima expresión, sin medir las consecuencias de una implosión social y financiera. Como entonces, el desenlace no sería otro que una economía llevada al límite de su resistencia, condenada a un nuevo ciclo de crisis, ajuste y devastación social.
Con solo 5 años de descanso, la experiencia recurrente de esta versión financierizacion de la economía resalta la importancia de diseñar políticas económicas que prioricen el desarrollo sostenible, evitando las trampas del endeudamiento y la especulación financiera como ejes centrales de la estrategia macroeconómica.
Los signos del desenlace están escritos en la memoria de los que ya vieron esta historia antes. Como un guion preestablecido, el colapso no es un accidente, sino la consecuencia lógica de una economía que se construye sobre cimientos de papel. La dependencia del financiamiento externo, el espejismo de las tasas de interés altas como único atractivo para los capitales, la imposibilidad de sostener un modelo sin respaldo en el sector real: cada una de estas piezas encaja con precisión en el rompecabezas de una nueva crisis. Y cuando la burbuja finalmente estalla, los defensores del modelo intentarán convencer a todos de que el problema no fue el plan, sino la falta de tiempo para implementarlo.
Pero el tiempo ya no es una variable disponible. La descomposición es rápida, implacable, ineludible. (1981, 1987, 2001, 2018) la lógica del endeudamiento sin límites y la liberalización descontrolada han generado su propio verdugo. La cuenta regresiva ya comenzó. Y cuando el último dólar de contención se haya evaporado, cuando la recesión haya terminado de carcomer el tejido social, la pregunta no será cómo llegamos hasta aquí, sino por qué, una vez más, elegimos ignorar las señales del desastre.
En los libros de historia, este capítulo será otra advertencia escrita para “la casta” de los que siempre terminan pagando las crisis: los trabajadores, los pequeños empresarios, los jubilados, los que no cotizan en Wall Street ni mueven fortunas con un clic. Porque mientras los mismos actores repiten los mismos errores, la única certeza es que el final siempre será el mismo. El país se enfrenta a su destino una vez más. La diferencia es que esta vez, quizás, sea demasiado tarde para una redención.
Director de Fundación Esperanza. https://fundacionesperanza.com.ar/ Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros
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